jueves, 17 de mayo de 2012

Encuentro de Gabriel Guanca Cossa



Cuando llegué, ya estaba sentado y miraba hacia la calle. No era como me lo había imaginado. Me quedé un rato parado en el umbral. No me animaba a hablarlo, no sabía cómo empezar.
El bar olía bien: suavemente a todo, el aroma en su justa medida; algo de madera, de café, de güisqui. Seguramente ese otro aroma, que yo creía de flores, me llegaba desde las mujeres ahí presentes: de algún perfume caro que les había cubierto el cuerpo.
Una señora me sacó de la abstracción. Permiso, me dijo. Yo le pedí disculpas, mientras me corría hacia un costado. Recién entonces, él advirtió mi presencia. Me miró y yo también lo miré, sin moverme. Hizo una seña con la mano: la levantó, mostrándome la palma, y sonrió.
Caminé hasta su mesa. Se paró, tenía mi estatura, y nos saludamos con un apretón de manos.
—¿Cómo estás? —dijo.
Me quedé callado, no sabía qué responder. Tal vez debí haberle dicho: “bien ¿y usted?”. Pero no me salió. Lo miré, le sonreí y me senté.
—¿Tomamos algo? —me dijo con soltura. Me hablaba como si me conociera de toda la vida.
—¿Algo como qué?
—No sé. Un café, gaseosa ¿qué te gusta?
—Un güisqui.
—¿Güisqui?
—Sí, doble.
Asintió sonriendo y eso me agradó. Pidió dos güisquis dobles. Yo sabía que le gustaba tomar güisqui. Todo lo que sabía sobre él me lo había contado mi madre: su nombre completo, su profesión, sus gustos.
—¿Hacés deportes?
—Sí —le respondí—. Vóley, básquet… aunque me gusta más el fútbol.
Me miró un rato, en silencio. Me estudiaba. Se fijaba en cada detalle: mis palabras, mis gestos. Todo.
—Usted se jubiló el año pasado ¿verdad? —dije.
—Sí, es así. Parece que estás al tanto de mi vida.
—No mucho. Sólo lo más importante.
—Ah… —dijo y se rió— ¿Estudiás?
—Sí. Estoy en tercero de abogacía.
—Mirá vos, ¿sabés que yo…?
—Sí, pero no lo hago por eso.
—Entonces te gusta leer, ¿verdad?
—Es lo que más hago.
—A mí también me gusta leer. ¿Te interesa algún género en especial?
—Depende. Leo de todo, aunque prefiero ficción.
—En mi caso, mi profesión requiere que lea cierto tipo de libros: política, criminalística… ese tipo de cosas —dijo y se calló. Yo tampoco hablé, así que todo quedó ahí, unos segundos en silencio, porque él era quien llevaba adelante la conversación, yo sólo respondía.
Afuera seguía todo tan luminoso como cuando entré al bar. La ciudad brillaba y era como si el mundo fuese más claro. Los autos iban y venían. Vendedores ambulantes a los costados y en cada esquina, sentados sobre la vereda, a la sombra de los edificios; cuando algún semáforo daba rojo se paraban rápidamente y caminaban hacia los autos detenidos.
Dejé de mirar todo eso cuando me preguntó si prefería algún autor o temática. Le respondí, sin mirarlo, que me gustaba leer a Saer, Soriano, Arlt, algo de Pavese y Hemingway, y también un poco de Faulkner.
—Ah, mirá qué bueno —me dijo—. Te recomiendo que leas algo de Carver, Salinger...  Cheever también es bueno.
—Los voy a tener en cuenta —le dije.
—¿Otro? —dijo, alzando su vaso, mirándome a los ojos.
—Otro —respondí.
Quizá haya sido el güisqui, o tal vez la confianza había crecido en mí; lo cierto es que tomé la iniciativa y hablé. Le dije que escribía. Él me miró, asintió, echando las comisuras hacia abajo, y me preguntó qué escribía.
—Cuentos, muchos cuentos. Además tengo lista una novela y estoy empezando otra.
—¿Publicaste algo?
—Un solo cuento, en una revista. Nada más —le respondí. Él  tomó un trago. Yo hice lo mismo.
Si hubiese mirado hacia afuera, tal vez hubiera podido calcular cuánto tiempo había pasado desde mi llegada al bar. Pero no lo hice: mi mirada se quedó en el reflejo anaranjado sobre los vasos.
—¿Alguien te enseñó? —me dijo de repente.
—No. Mi mamá dice que es herencia… pobre, cree que ese tipo de cosas se heredan.
—¿Por qué no? Mi hermana escribe libros de política, biografías, artículos periodísticos…
—Ya lo sé.
—Vos sabés mucho —me dijo con ironía.
—No vivo en una burbuja — le dije, con más ironía.
Largó una carcajada y me dijo que yo le parecía una persona inteligente. Le contesté que mi madre decía que eso, también, lo había heredado. Dejó de sonreír y me miró; estaba serio, pensativo. Antes de hablar, suspiró.
—Tu mamá te habla mucho de mí —dijo.
—Antes. Ahora casi nunca.
—¿Cómo está ella?
—Muy bien… ¿le interesa saberlo?
—¿Por qué no?
—Porque ella cree que no… igual, ya ni le importa.
—¿Qué otra cosa te contó?
—¿Hay algo más? —pregunté. Lo notaba nervioso.
—A ella le gustaba leer. Yo le recomendaba libros, se los prestaba —me dijo sin mirarme. Su tono había cambiado, hablaba como si le costara pronunciar cada palabra.
Callamos. Ese silencio entre los dos, sospeché, era definitivo. Me preguntaba cuál había sido la palabra que, como una flecha, había dado en el corazón del asunto. Miré hacia fuera y vi que atardecía. Todo estaba claro aún, el sol no se había ocultado por completo.
Tuve la necesidad de volverme hacia él, quería memorizar su rostro. Me miró de repente, a los ojos. Parecíamos personas totalmente distintas a las que habían estado hablando hacía un instante.
—Supongo que querrás terminar tu carrera, comprar libros, seguir escribiendo.
—Eso es lo que quiero —respondí, mientras él me acercaba un sobre. No me sorprendí: así había resuelto el asunto con mi madre, así resolvía todo. Lo miré y le dije que no me sorprendía.
—¿Cómo decís?
—Hace veintitrés años hizo lo mismo con mi madre. Si ella hubiera aceptado aquel sobre, yo no estaría aquí.
—¿Eso también te lo contó?
—¿Por qué no? Es parte de lo que soy.
Callamos nuevamente. No volvimos a hablar, no había de qué hablar. Salimos. Si alguna vez tuvimos algo pendiente, quedó saldado en aquel bar. Abrió la puerta de su auto y me miró. Lo miré también, le di la espalda y comencé a caminar. No le dije nada, no me despedí. Las luces de algunos comercios comenzaban a prenderse.
—Ariel —me dijo. Volteé: estaba parado junto a su auto—. Mirá eso… ¿no es el mejor final para un cuento?
Miré hacia el oeste: el sol, una fina línea anaranjada, casi rojiza; más arriba, algunas nubes parecían prenderse fuego. Volví a darle la espalda sin hablar. Y caminé, dejando atrás algo más que el gran incendio de aquel atardecer.

 ***





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